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Clausura le había hecho un guiño a Boca con el resbalón
de River y un cóctel de resultados que le posibilitaba, si
le ganaba a Banfield, acercarse con pretensiones a la punta. Con
el conocido agregado de que cuando Boca pisa fuerte, el temblor
se siente. Pero Boca pisó en falso y se abrieron los interrogantes.
Banfield, remendado porque reservó a varios titulares para
la Copa, le ganó bien y hasta pudo ser peor para el equipo
del Chino. Se lo impidió Abbondanzieri, quien falló
en el primer gol, pero después evitó que se estiraran
las diferencias.
Al equipo de Falcioni se lo puede definir como un conjunto moderno.
Combativo, vivo, rápido, especializado en sacarle provecho
a las deficiencias rivales. El error de Boca fue jugarle en el mismo
terreno, hacer más el juego de Banfield que el suyo propio.
Entonces
fue un partido de aceleración contra aceleración.
Con una ventaja para Banfield: tenía más metros para
pensar con la pelota en su poder porque arrancaba desde más
atrás. Boca, en cambio, se paraba cerca del arco de Leyenda
y terminaba todo a la misma velocidad ultrasónica del arranque.
Incluyendo a Guglieminpietro que no fue capaz de imponer la pausa
para desacelerar tanto vértigo. El único que jugó
a otro ritmo fue el pibe Gago. Que, por eso, pareció perdido,
como de otro planeta.
Es cierto que el partido tuvo vibración y que ante márgenes
de error tan amplios se sucedieron los goles a granel. Y también
tuvo el sello de los partidos del fútbol moderno: de los
cinco tantos, cuatro nacieron en jugadas de pelota parada (Schiavi,
Dátolo, Barijho y Guglielminpietro). A eso también
podría agregarse que jugando tan rápido se pierde
la puntada de precisión fina (ya no está Bochini para
meter la pelota por el agujero de una aguja) y también se
acrecienta la fricción hasta el límite. |