El fútbol explota en Garrafa Sánchez
La increíble historia de José Luis, el volante de Banfield, entre caños, gambetas y taquitos a la vida
Alfredo Montenegro / La Capital

"Garrafa Sánchez no es un jugador para primera", sentenciaban los conocedores. Y alguna verdad manipulaban porque en primera lo impensado del fútbol -como decía el maestro Panzeri- habita más en las tribunas que sobre los cuidados pastitos.

Los muchachos de los sábados conocen desde hace tiempo a Garrafa Sánchez. El loquito demostró que se puede jugar a la pelota en el mismísimo Ascenso, donde para gambetear, además de ser habilidoso, hay que saber aguantarse la estampida de defensores que no se comen los amagues porque en esos combates se usa más el arrojo que los reflejos. El pelado siempre llevó la pelota atada a los pies de sus caprichos. "Si alguno se enoja porque le tiro un caño no lo entiendo, es mi forma de jugar y lo hago para beneficio de mi equipo", dice Garrafa. "Me gusta tirar caños por la alegría de la gente a la que le gusta el buen juego. Muchos jugadores no se animan a tirar rabonas y tacos, no por que sean menos habilidosos, no lo hacen por miedo a que les digan algo. Se critica al que hace jueguito y no al que tira una patada en la nuca".


Villa La Jabonera
José Luis nació el 26 de mayo de 1974 en la villa La Jabonera, de la localidad bonaerense de La Tablada. De pibe se probó en San Lorenzo y Ferro, pero dejó esos clubes porque tenía que viajar mucho. Terminó la primaria y largó los libros como tantos chicos de la villa. "Todos esos pibes que se criaron conmigo ya no están, por cosas que pasan: se los llevó la falopa o la policía. Mis viejos me hablaban mucho y zafamos porque nos fuimos a vivir a una casita en Laferrere cuando tenía 13 años", relata. Francisco, su papá, repartía garrafas y José Luis lo ayudaba a enderezar el futuro. El apodo que resuena desde el sur bonaerense nació de ese laburo y no -como cree la gilada- porque era gordito. Un amigo del barrio lo convenció para ir a probarse a Laferrere, el club del barrio que rugía a siete cuadras de su casa. Arrancó al trotecito porque su carrera era de resistencia. "En el potrero jugué poco, los muchachos más grandes me cuidaban porque era el único de la cuadra que iba a llegar a primera", recuerda. En Lafe le preguntaron de qué jugaba, y José Luis dijo "de cualquier cosa". Lo pusieron de 2 y después de 9, y ahí quedó. "Me puse las pilas, tenía que entrenar y jugar, además a los 14 años conocí a Alicia, quien luego sería mi señora". A los 18 años, tras recuperarse de una lesión que casi lo deja afuera de las canchas, el entrenador de la división superior de Laferrere le preguntó si se animaba a reemplazar al marcador de punta izquierda titular. Así debutó en un clásico contra Almirante Brown. "Tiré un caño para salir jugando en la puerta de nuestra área. Me salió bien, si no, creo que se acababa todo", recuerda de aquel partido Garrafa. En octubre del 96, Lafe fue al Sindicato de Empleados de Comercio en Ezeiza a jugar un partido para entrenamiento de Boca. El domingo siguiente Boca ganó y Bilardo quiso jugar otra vez con el verde por cábala. "Anduve bien y me ofrecieron entrenar con aquel equipo que tenía al Diego como diez". Garrafa estaba copado con las motos y tenía una de alta cilindrada con la que iba a entrenarse. "No tenía auto y no había colectivos para llegar a Ezeiza. Un día pasé por la autopista por al lado de la camioneta de Pumpido, que viajaba con Bilardo, me vieron y como había una cláusula que prohibía a los jugadores andar en moto, me dijeron que no podía ir más con ella". Así volvió a Lafe. Después, cuando en 2000 nació su hijita, Bárbara Mariel, se compró un Fiat 600. En 1997 pasó a El Porvenir. "No teníamos agua caliente para bañarnos y teníamos que llevar la ropa para entrenarnos", dice Garrafa de aquel modesto equipo con el que fue campeón de Primera B. En el 99 se fue a Bella Vista de Uruguay, pero todos los domingos volvía a Buenos Aires para estar con su padre que sufría de cáncer de pulmones. Tras jugar una docena de partidos en el club uruguayo volvió al país en 2000. Entonces, lo llamaron desde Ferro. El equipo que luchaba contra el descenso iba a concentrarse 20 días, pero su papá estaba muy enfermo y Garrafa dejó las práctica: "Preferí quedarme junto al viejo, fueron siete meses muy duros y dormía en el suelo de la habitación para cuidarlo".

Después se entrenó con un combinado de jugadores libres. Volvió al Porve pero no llegó a un arreglo, más tarde vendría el ofrecimiento de Banfield. Desde 2000 la pisó en El Taladro y los hinchas de los sábados empezaron a descubrir al talentoso atorrante. El 4 de septiembre de ese año, un domingo después de la muerte de su padre, Banfield le ganó a Chicago 6 a 1. Garrafa hizo un gol y la mitad de los otros cinco, festejó dentro del arco mirando el cielo: "Me sacaron amarilla, pero yo estaba festejando el gol con mi papá. En Banfield te tratan bien, antes tenía que pelear para cobrar, hacía cartas documento, salía en los diarios y al final me pagaban porque no me querían dejar libre". Tras ocho años en el Ascenso, admite: "Con lo que ganás, gracias si podés sobrevivir, si te sobra algo es para la casita". En junio venció su contrato y tenía una oferta de Hyundai de Corea. Entonces decía: "Si me sale algo así me tengo que ir porque tengo que asegurarme el futuro". Su pase sólo valía 300 mil dólares.


Sanciones a las protestas
Garrafa tiene fama de irritable: "Seguro que los que pegan patadas tienen más suerte que yo, me amonestaron por festejar un gol colgado de la red, por patearle el maletín a un médico, por adelantar la pelota en un tiro libre, por protestar por algo mal cobrado, pero nunca por pegarle a otro jugador. Mucho se habla de la concentración, de lo que hay que hacer en el partido. Yo voy a un partido a divertirme, no hay que pensar tanto, hay que jugar. Igual me cuido, vino no tomo y sólo hago unas cervecitas con los amigos".

"Pienso jugar hasta los 33 y terminar en Laferrere aunque esté en la C y tenga que ir gratis. Es mi vida y siempre digo que no tenés que estar besando camisetas para demostrar cuánto querés a un club, hoy dejo todo en Banfield". Cuando habla del futuro dice que le gustaría estar como ayudante de campo o vinculado al fútbol: "No me veo trabajando". Parece que por este y otros tantos ignotos cracks desfachatados de cada cuadra, Jaime Ross canta: "Peleador de barrio pobre, tenía en la sangre la bronca del corralón, jugador que echaba el resto donde hubiera que largar, con pelota o sin pelota, terror del área penal". José Luis Sánchez juega siempre el mismo partido, sea en el potrero, en Laferrere, el Porvenir o en Banfield. "¿Por qué voy a cambiar? Yo quiero jugar aunque sea en un equipo de la C antes de estar de relleno y hacer banco". Fue un habitante de los sábados de gloria.

Paredes con la popular
El tipo gambeteó la miseria tirándoles paredes con la dignidad y la esperanza que baja desde las populares. Para el filósofo morocho Alejando Dolina "Garrafa es un jugador de culto". Para los especialistas "es lento, un gordito que con 29 años no va a llegar lejos, es mañero y provocador". El último sábado "en el Gigante -dijo el periodista Luis Oliverio, de Banfieldmanía- poco a poco Garrafa se va ganando las puteadas de la gente local. Y claro, la pisa, la toca, inventa fouls que Furchi compra, es una locura. El pelado era el centro del universo. Tanto es así que le pegaron un bombazo de agua al ir a ejecutar un córner y se dio el gusto de ejecutar arte dramático en el piso enloqueciendo al estadio todo".

Hinchas rivales sienten un profundo odio por ese pelado, pero lo aplaudirían si lo vieran con la camiseta de ellos. Los habitantes del tablón se identifican con esos mañeros que como ellos salen a jugar por la vida cuerpeándola, enganchando como se pueda, aguantando y haciendo tiempo cuando le dan pelota, haciendo calesitas y pisándola para frenar el aluvión del rival, haciendo pases que son precisos regalos para sus compañeros. La popular espera la revancha de los pícaros del campito que con caños, gambetas y taquitos pueden aún hacer explotar la parsimonia que domesticó al fútbol gerenciado.